miércoles, mayo 09, 2012

Para mi madre

Sigo parada con un regalo entre las manos cada diez de mayo, por si apareces. Treinta y un años te he esperado. No te llevaré flores a donde tu cuerpo yace, porque deseo que llegues para abrazarte, y decirte, con voz de niña que eres la más hermosa del mundo. Soy la misma niña de cabello negro, largo, que se quedó vesitida de hormiguita aquel primer diez de mayo, que marcó tu primera ausencia. Mamá, los años pasan, tengo el privilegio de ser madre de dos hermosos niños. Si pudieras tocar a tus nietos. Madre, me has hecho mucha falta, mucha, ha sido un largo camino de ausencia, de vacío, de preguntas, de vidas posibles. Lo único que me queda de ti, además de algunas fotos es esa cicatriz de vientre que compartimos madre, el ombligo que nos unió por tanto tiempo, y dos o tres recuerdos que de repente, parecen como llenos de humo. No así mi cariño, que permanece intacto, como si fuera ayer el día en que rezamos juntas, en que sin decir más nos despedimos, y sí madre, sí recé a tiempo como me pediste. Y siempre madre, siempre me harás falta.

miércoles, marzo 28, 2012

Mar II

Cada noche, casi como un ritual a media luz, busco las fotos del mar. Me recuerda el libro de El Don del mar que heredé de mi madre y que releí en muchas ocasiones. El mar me remite a lo que no conocí con mi madre, a donde fui una sola vez con mi padre. Estoy segura de que me recuerda mi origen, el cálido vientre de mi madre. La espera de mi padre. Después leo las redondas letras que mi madre escribía para contarle a la tía Andrea que ya era capaz de hablar todo en diminutivo, o bien que ya comía huevito. Veo el mar y me recuerda lo que amo y tengo lejos, me remite a la imposibilidad de todo lo que no se puede dar, y me remite a su sonido. La noche en que pisamos Tulum, nos cubría un negro cielo estrellado, imposible ver el mar, solo podía escucharlo. Así que volví al él por el oído, me tiré en un camastro y extendí mi mano para escribir mi nombre sobre la arena. Como si escribiera: aquí dejo un pedacito de mi alma, en esta arena blanca, limpia, llena de diminutas conchas, de pequeñísimos cangrejos. Entro al mar y me acuesto sobre su agua, me dejo llevar con su corriente, en esa agua azul celeste que me recuerda que esos momentos son únicos, asi que cierro los ojos y me dejo arrastar por la corriente, no importa a donde me lleve, siempre habrá una piedra pequeña, bajo la escalera café, donde habita un recuerdo que en silencio me pertenece.

viernes, enero 06, 2012

Lo que en el agua del mar se queda

Pasan los días y no puedo escribir. Algo se me ha ido últimamente y no se si las palabras lleguen a mí como llegaban antes, como una visitación. Lo cierto es que extraño hasta la sensación física de que aquello llegaba, y me revolcaba en un mar de lágrimas, y aquello duraba días, semanas, o meses. Ansío sentirme en el mar, flotar en sus aguas que adormecen la vista, que adormecen el cuerpo y los sentidos. Extraño el agua salada y el cielo nublado. La sensación de dividirme en dos mientras al nadar veía el sol. Extraño la arena entre los dedos, el azul del mar, el sonido del agua cuando rompen las olas. Los cangrejos dimiutos y casi transparentes que se pasean sobre esa superficie blanca y arenosa. Extraño el sol, los recuerdos que me llegaban mientras veía el arrecife desde el parador. Quiero ver a mis hijos coleccionar conchas a la orilla de la playa. Las bolsas de sus bañadores henchidas de formas que el mar regala como si fueran trozos de secretos. Daniel flotaba plácido y se dejaba llevar por las olas, sus recuerdos llegaban y lo abrazaban, volvían y se marchaban. Lo veía adormecerse en el suave ritmo del mar. Los secretos que él y el mar se guardan, los secretos que él y yo nos decíamos sin palabras en medio de las mansas aguas de ese mar, bajo un cielo azul y nublado.

viernes, noviembre 11, 2011

Sesenta y cinco No puedo imaginar canas sobre tu larga y perfecta cabellera negra. No puedo imaginar arrugas en tu perfecto rostro, ni lerdo tu andar. No puedo imaginarte en ropa holgada, de esa que esconde el paso del tiempo en nosotras las mujeres. Tus trajes sastres perfectos, entallados a tu delgado cuerpo, tus medias, tacones altos. La edad perfecta, madre. Te fuiste en la edad perfecta. Ahora pienso que sí, que nos faltaron muchas cosas por vivir, y que sin embargo, moriste bella y joven, y así permaneces en mi recuerdo, intacta, bella y perfumada. Joven y bella. Perfecta. Este andar ha sido largo sin ti, pero cuando pienso en tu amor por lo bello, me gusta pensar que lo te fuiste bella, intacta y casi viva. No te imagino de abuela, ni doliéndote de las ausencias, o de la muerte de mi padre, o quejándote de los males de la edad, ni viviendo la vida que corresponde a tu década. Fuiste siempre una princesa, la mía, la de los cuentos, la de mi vida, la que me dio vida, la que me vio caminar, comer, reír. Esta semana me acordaba de lo que te preocupaba mi cicatriz por la apendicitis, mami, nunca usé bikini, en ninguna playa. Acabo de regresar de una visita a un mar azul, donde nadie sola, o con mi amado, o con mis hijos. Desde mi silla se contemplaba esa azul en el que se pierde lo real de lo imaginario. Y en mi tocador, descansa siempre un chanel, que me acerca a tu aroma, o a lo que usaras ahora, o a lo que fuera tu recuerdo. Feliz cumpleaños princesa de mi cuento, te extraña la reina de tu vida.

sábado, septiembre 24, 2011

Literatura, territorio oscuro de la realidad.

Leo como parte de un curso de la maestría "El hombre sin cabeza", de Sergio González Rodríguez. El asunto es que leerlo se ha convertido en una batalla personal. Si bien inicia como un ejercicio narrativo que parece muy interesante, a medida que el ejercicio es rebasado por la realidad, produce en mí, desasosiego, insomnio, lágrimas. ¿Es necesario leer obligadamente algo que me duele, que personalmente me cuesta, que me dejará perturbada por un buen rato? en qué momento la realidad ha rebasado la ficción y ¿en qué momento la realidad es tan avasallante que resulta atroz e incomprensible? Y entonces paso por aquí y escribo esto, solo para dejar constacia que la literatura también empuja a territorios oscuros, a cosas que no quisiéramos saber, ni conocer, y que desafortunadamemente no es más que producto de la realidad. Y ahora, que lo he escrito, puedo respirar. Un poco. Aunque el desasosiego sigue apoderándose de mi. Ahora veo a mis hijos, uno leyendo, el otro viendo tele, y quisiera entrar en sus mundos, solo para sentirme a salvo. No cabe duda, vivir en la ignorancia, también produce felicidad.

domingo, septiembre 11, 2011

11S Detrás de Occidente

Las letras son signos y palabras; significados. Ahora escucho nombres. Decir que murieron tres mil ocurre en segundos, escuchar cada nombre, cambia todo. Al final la voz de una hija, una esposa. O un hijo, un esposo, un padre, o un amigo. Cobra sentido. Detrás de la vida, la muerte. O un homenaje a la vida. O la guerra. De pronto pasaron diez años. Escucho las pausadas voces que dictan. Tres mil nombres. Suenan como el primer día. Dicen lo mismo, sienten lo mismo, se preguntan lo mismo. Tres mil historias por contar. Y una guerra. Y otros miles de muertos, ¿cuántos? Detrás habita el dolor, la incommprensión, el rencor. Derás del Memorial: una fuente y una placa con nombres. Detrás de esa fuente-abismo las almas de todos los muertos en Oriente Voces de inocentes silenciadas. Detrás el olvido. Detrás de Occidente, Oriente o a caso, ¿podrán algún día verse de frente?

miércoles, agosto 31, 2011

Cuando la realidad nos alcanza: Casino Royale

Recostada en el sillón vainilla de mi sala, leo un libro que trata del cadáver de una muerta famosa. No me veo en ella, nada de ella en mí, nada de mí en ella. El viento levanta la ligera cortina de papel que cae de mi lado derecho, y me deja ver y oler la lluvia. Oirla. Y me llegan como en torrente las imágenes de los muertos del Casino Royale. Sus voces, sus pasos, sus gemidos, su miedo. Imagino sus últimas llamadas, sus últimos pensamientos. Las más de cincuenta historias por contar: el anillo de compromiso que aguardaba a Jenny, el bebé en vientre de su joven madre (puedo llorar su miedo), la mujer ahora viuda imaginando a su esposo en el interior, y tantas historias más para las que la ficción no alcanza, porque la rebasa. Puedo imaginarme lo que con esta lluvia sienten los huérfanos de esa tragedia, la lluvia que triste caía ese mismo día horas después de la tragedia. Seguro esos pequeños se asomarán por la ventana y estarán esperando a que su madre llegue, los meta a bañar, les revise la tarea, les haga de cenar y les de un beso en la frente. Esos niños, esos hombres, esas mujeres que se quedaron sin alguien en casa. Casas vacías, dolidas, menguadas. Casas vacías, una voz menos, o dos, y hasta tres. ¿Cómo será la casa de las tres hermanas que se fueron juntas en el fuego? Ahora llueve, y en esta ciudad nada cambia, somos los mismos. Los mismos.